Éramos unos niños de Patti Smith

Me recuerdo pasando por delante de escaparates con mi madre y preguntándole por qué no los destrozaba la gente a patadas. Ella me explicó que había normas tácitas de conducta social y que ese era el modo de coexistir como personas. De inmediato, me sentí limitada por la noción de que nacemos en un mundo donde todo está determinado por quienes nos han precedido.

Éramos unos niños de Patti Smith, editorial Lumen

Segundo libro de la Patti, esto solo puede significar una cosa: me encantó verdaderamente Devoción. Sin embargo, Éramos unos niños no me ha provocado la misma parálisis emocional. Seguramente sea porque soy una enamorada de los libros cortos: los que se leen en un suspiro y te dejan la cara llena de arañazos. Aún así, Éramos unos niños no ha dejado de parecerme maravilloso, especialmente por la perfecta descripción de lo que sucedía a nivel artístico en el Nueva York de los 70. Patti Smith, narra su vida artística en esa época entrelazándola con su vida personal en perfecta simbiosis, exactamente la misma necesidad de ir acompañadas que sentían Robert Mapplethorpe y ella.

Necesitábamos tiempo para considerar qué significaba todo aquello, cómo íbamos a asumir y redefinir nuestro amor. De él aprendí que, a menudo, la contradicción es el camino más diáfano para llegar a la verdad.

Éramos unos niños de Patti Smith, editorial Lumen

Hay mucho que contar sobre la relación de Patti y Robert, una relación que considero amor verdadero en base a lo que nos cuenta ella. Ese amor que está por encima de todo y que pone en el centro no al otro, como ser egoísta que maneja la situación, si no su bienestar y felicidad. Hay varios océanos de distancia entre vivir por alguien y vivir a través de la felicidad de alguien que amas. Para mí, no hay nada más puro que el amor que cree en el otro, empujándole a seguir creciendo, a perfilar cada vez más su personalidad, a alejarlo de la normatividad de rebaño para alcanzar la unicidad del ser, esa que tenemos todos y que vamos enterrando poco a poco con capas de normalidad para encajar en la sociedad.

Lloraba tanto que Robert me llamaba cariñosamente Empapadita.

Éramos unos niños de Patti Smith, editorial Lumen

Para mí, la relación descrita entre Robert y Patti es precisamente eso: amor del bueno. Y de todo lo que podría haber citado, destaco la frase en la que él la llama Empapadita, porque no hay nada más vínculante, íntimo y ancestral que la empatía ante las lágrimas de los demás.

Sé que, mientras bajábamos la suntuosa escalera en fila india, yo parecía la misma de siempre, una niña de doce años carilarga y desgarbada. Pero, en mi fuero interno, sabía que me había transformado, conmovida por la revelación de que los seres humanos crean arte, de que ser artista era ver lo que otros no podían ver.

Cuando éramos niños de Patti Smith, editorial Lumen
Lo GUAPÍSIMO que es Robert qué tal.

Lo que más me gusta de este libro, por lo estimulante e inspirador, es cuando habla de su etapa viviendo en una habitación del hotel Chelsea junto a otros consagradísimos artistas a cambio de obras de arte. Ver como Patti crece y se desarrolla como persona (se fue de su casa con 19 años con una mano delante y la otra detrás) me maravilla y fascina, especialmente junto a una personalidad tan arrolladora y llena de matices como la de Robert Mapplethorpe. Podría haberse empequeñecido, podría haber intentado imitarlo, ser como él… Pero no. Ella siguió su camino, confiando en lo que hacía, haciendo del arte su medio de expresión para absolutamente cualquier transacción social. Me fascinó.

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