Siroco

<<A esta mujer le está dando un Siroco, solo hay que verla>>, le dije a mis múltiples personalidades mientras veía como goteaba su desprecio teñido de barro por todo el espacio que compartía coordenadas con sus ojos. No había signos de amabilidad, el calor del odio a sí misma fundía cualquier sonrisa y sus familiares, angustiados, mandaban señales de pánico a golpe de abanico.

Ni tan siquiera venir de donde nace el Sol todas las mañanas aportaba un mínimo brillo a su presencia. Su voz cubría cualquier intento de empatía con kilos de arena gruesa y amarga. Apelé a la cordura de todas mis antepasadas y, encomendándome a la madurez, arrugué sus velas, la desorienté, la encendí para luego dejarla envolverse en su propio huracán de fuego.

Fue entonces cuando recordé que siempre, aunque ensucie, hay que recibir al viento de cara. Venga de donde venga.

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