Soy Zlatan Ibrahimovic, mi historia contada a David Lagercrantz

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Es fácil sentir que se tiene poca importancia cuando se acaba de entrar en un club. Todo es nuevo y la gente tiene sus papeles bien definidos, sus puestos e incluso sus conversaciones. Lo más sencillo es mantener la distancia y estudiar el ambiente del lugar. Pero entonces se pierde iniciativa. Se pierde tiempo.

Soy Zlatan Ibrahimovic, David Lagercrantz

No soy muy fan del fútbol. Si bien he tenido épocas en las que veía algún partido, me declaraba de algún equipo, en realidad lo hacía solamente porque estaba enamorada de algún jugador. Esto es así. Y, tristemente, cuando todos los jugadores empezaron a ser más jóvenes que yo, empezó a dejar de interesarme. El mejor momento de mi relación con el fútbol fue con el Mundial del 2006, que vi enteramente con mi padre. Mi padre era uno de esos italianos que se emocionaban mucho y gritaban mucho a la tele cuando veía un partido. Era totalmente irracional, histérico e histriónico. Resultaba inevitable rendirse y seguir con él a la selección italiana hasta el último aliento. Ahora mismo, si cierro los ojos, ni siquiera sé donde estábamos, cuál era la tele, cómo era el sofá; solamente sigo escuchando sus gritos mientras me envuelve el humo de millones de cigarrillos Marlboro mal apagados en el cenicero.

Hay un montón de gente que me aprecia, jóvenes a los que riñen por no ser como todo el mundo, aunque, a veces, es necesario reñirlos. Creo en la disciplina. Lo que me molesta son todos esos entrenadores que jamás han luchado para llegar a lo más alto por sí mismos y, sin embargo, están tan seguros: <<Esto es lo que vamos a hacer, no hay otra forma de hacerlo>>. Es tan intolerante. Tan estúpido. Hay miles de caminos que seguir. El que parece algo diferente e incómodo suele ser el mejor. Odio que se menosprecie a la gente que destaca. Si no hubiera sido diferente, ahora no estaría donde estoy. No es que esté insinuando que hay que ser como yo, en absoluto. Lo que quiero decir es que hay que seguir el camino propio, sea el que sea. No debería haber peticiones absurdas ni debería hacérsele el vacío a nadie solamente porque no es como los demás.

Soy Zlatan Ibrahimovic

Comencé a leer este libro buscando inspiración en las historias de alguien que se cree simplemente elegido para tener una vida apasionante, significativa e histórica, y que la vive en consecuencia. Sin duda, ha sido la mejor idea que podía tener en el 2020, cuando el sistema capitalista se colapsa y no hay ningún sitio al que mirar sin que te entren escalofríos. Lo leí como quien lee mitología griega: nadie espera que los dioses sean buena gente, simplemente espera que se comporten acorde a su personalidad, teniendo en cuenta sus superpoderes, aquello que los hace efectivamente dioses.

Pero, ¿es Zlatan un dios como los de la mitología griega? Para mí sí, pero es una teoría a la que todavía le tengo que dar muchas vueltas. Zlatan se obliga a quererse y a creer en sí mismo en un mundo que lo detesta desde el primer minuto. Y creer en sí mismo no solo lo hace fuerte, lo hace invencible, porque lucha por sí mismo como lo haría por el ser que más quiere en el mundo: a muerte. Es una energía muy fácil de entender cuando se habla de una madre que lucha a muerte por su hijo. Sin embargo, cuando la madre lucha por sí misma, ya no es tan admirable el empuje. ¿Tiene sentido? Cuando pienso en el amor propio y los límites del mismo y si puede realmente alguien “quererse demasiado”, hay una cita compartida por muchas cuentas de Instagram a la que siempre recurro: “In a world that profits from self-doubt, loving yourself is a rebellious act” (ni idea de quién es el autor/a de la cita).

Aun así, es muy difícil de asumir la hipocresía capitalista cuando se nos enseña que, por un lado, debemos luchar por nosotros mismos, sin importarnos a quien pisamos para subir más escalones en la pirámide laboral. Por el otro, también se nos exige un decoro, una especie de elegancia profesional a la hora de hacerlo: “tiene que parecer que eres humilde, no destacar”. ¿Qué sentido tiene destacar ma non troppo? Bien, Zlatan es lo suficientemente inteligente para no perder el tiempo en artificios, precisamente porque le va la vida en ello, y asume su lugar en el mundo: entiende el terreno de juego y a lo que se expone y no deja que las opiniones de los demás le consuman. Se mata y mata por conseguir su objetivo, sin perder un ápice de sarcasmo ni autoironía por el camino porque, como dice Zlatan: “puedes sacar a un chaval de Rosengard, pero nunca sacarás Rosengard de él”.

Ahora, en 2020, cuando ya hace 9 años que mi padre ya no está con nosotros, pienso que estaríamos riéndonos sobre Zlatan, comentando que es un genio, y me repetiría esa frase que me decía siempre cuando yo me bloqueaba con asuntos nimios de la vida, propios de una adolescente enfurecida: “La vida es un juego que hay que tomarse muy en serio”. Es así: hay que jugar y seguir jugando sin perder de vista que solo podemos jugar una única partida. En 2020, entender la figura de Zlatan Ibrahimovic puede que nos haga un poquito más libres, o por lo menos nos convencerá de lo absurdo de querer ser posturetas influencers en RRSS ma non troppo.

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