Panza de burro de Andrea Abreu

En esos días en los que Isora se quería morir yo también sentía que me quería morir y ella me decía que la mejor forma de morirse era llenar la bañera de agua caliente hasta los topes y sajarse las venas. Yo me preguntaba cómo ella sabía tantas cosas que yo no sabía y entonces me ponía triste porque pensaba que yo no tenía tristeza propia, que mi tristeza era la de ella pero dentro de mi cuerpo. Una tristeza como de imitación, dos tristezas duplicadas, la marca falsa de una tristeza, esa era yo, porque yo no tenía razones por las que estar triste pero me las inventaba.

Panza de burro de Andrea Abreu, editorial Barrett

Panza de burro estaba por todas partes por twitter por instagram en las recomendaciones de la VOGUE de ESPAÑA en los recortes de prensa y yo no lo había leído porque tenía muchas cosas que leer porque tenía miedo de que las altas expectativas me lo ensuciaran porque no quería arriesgarme a la posibilidad de que no me gustara y me sintiera estúpida por ello: ¿si a tanta gente guay le gusta, cómo es que no me gusta a mí?

Dejé pasar el 2020 pero seguí a Andrea Abreu y a Sabina Urraca en las redes quería leerlas quería seguir percibiendo las vibes de la pansita tanta gente diferente unida por un pequeño libro con una foto en la portada hipnótica y atávica tan cruda y punzantemente pegajosa como un higo chumbo. También seguí a Alessandra Sanguinetti (la autora de la foto), claro, porque no quería otra cosa que no fuera seguir empapándome en suspensión de ese imaginario.

Lo encargué a Espai 14 a principios de enero concretamente el 9 de enero una semana antes de mi cumpleaños: quería regalarme momentos de edredón, té y calor felino. Supongo que no fue una casualidad que no llegara (estaba agotado por todas partes) hasta hace una semana, cuando quedé con Sabina para que me firmara su Las niñas prodigio para un amigo de los que son mejores amigos. Fue escribirle y, al rato, me llegó un whatsapp de la librería que me decía que Panza de burro ya estaba aquí.

Lo leí del tirón como cuando te comes un helado sin que nadie te mire y te permites el lujo de ir por la casa con la boca llena de chocolate la camiseta del pijama llena de churretones y los dedos oliendo a galleta caliente y azúcar. Me encantaron los capítulos comerse a isora y lo último que le queda a una porque impactaban fuertes como lengüetazos de vaca resabida y me recordaban a cuando coges aire y te sumerges en el agua y mientras estás aguantando la respiración construyes frases largas que se convierten en párrafos y a veces incluso en trilogías. Sentí el mismo mareo que se siente al salir del agua cuando lo terminé.

Panza de burro es tan especial que no me atrevo a decir nada que no sea menuda estrella fugaz de las buenas, de las que dejan destellos suspendidos en la oscuridad un rato largo, por las que te da tiempo a pedir dos tres incluso cuatro deseos. Leyendo Panza de burro pedí lo mejor para Andrea Abreu, lo mismo para Sabina Urraca, tres veces pedí no olvidarme nunca de las amigas que me salvaron, de las que me ayudaron a encontrarme, de las que perdí pero aún así dejaron poso. Volví a sentir el calor de los veranos y recordé ese escribir compungida por miedo a que alguien lo leyera, esa escritura críptica que para nada tiene Andrea. Porque Panza de burro es un continuo estregarse y para ello es indispensable la honestidad voraz y la ausencia total de miedo ante lo que pueda llegar a salir de una misma. Shit!

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