La vida mentirosa de los adultos de Elena Ferrante

Don Giacomo hizo un gesto con la mano como para indicar una distancia indefinida y reparé en que en los dedos y el dorso de la mano y en la muñeca tenía unas grandes manchas violáceas. – Dios anda por ahí- dijo sonriendo. – ¿Y la oración?. – Estoy débil, evidentemente se ve que solo…